GILDA, LA VOZ QUE CONVIRTIÓ SU DESPEDIDA EN ETERNIDAD

A 30 años de su muerte, Gilda permanece en la memoria popular como una de las grandes voces de la música argentina. Su historia fue la de una mujer que desafió prejuicios, dejó una vida previsible para perseguir un sueño y transformó la cumbia con canciones que todavía hoy se cantan, se bailan y emocionan.
CULTURA07 de septiembre de 2026Fernando BurgosFernando Burgos
gilda y su banda
gilda y su banda

Hay artistas que alcanzan la fama. Hay otros que, con el paso del tiempo, se convierten en parte de la memoria de un país. Gilda pertenece a esa segunda categoría.

Tres décadas después de aquella noche del 7 de septiembre de 1996, cuando un accidente en la Ruta Nacional 12 terminó con su vida, la voz de Miriam Alejandra Bianchi sigue presente. En una fiesta, en una cancha, en un karaoke, en una reunión familiar o en la intimidad de quien necesita escuchar una canción para atravesar un momento difícil.

Gilda murió a los 34 años, cuando apenas llevaba seis años de carrera artística. No llegó a conocer la dimensión que alcanzaría su obra. No supo que canciones como “Fuiste”, “Paisaje”, “Ámame suavecito”, “La puerta” y “No es mi despedida” terminarían formando parte del imaginario colectivo argentino.

Su muerte la convirtió en mito, pero fue su música la que hizo que ese mito perdurara.

Una mujer que se animó a cambiar de vida. Antes de convertirse en Gilda, Miriam había sido maestra jardinera, madre de dos hijos y una mujer que había aprendido desde muy joven a hacerse cargo de su familia.

A los 16 años comenzó a trabajar después de que su padre sufriera dos accidentes cerebrovasculares. La música parecía entonces un sueño demasiado lejano.

Pero el sueño permaneció y en 1990, un aviso clasificado que buscaba vocalistas para una banda tropical cambió su vida. Miriam se presentó a una audición pese a las resistencias de su entorno y allí conoció a Juan Carlos “Toti” Giménez. Su voz y su personalidad lo convencieron.

gilda tapa disco
gilda tapa disco

Ella también estaba convencida y adoptó el nombre artístico Gilda, inspirado en el personaje interpretado por Rita Hayworth, y comenzó un camino que no sería sencillo.

La movida tropical tenía modelos muy definidos para sus cantantes mujeres. Gilda no encajaba en ellos. Era morocha, delgada, de apariencia sencilla y tenía una voz dulce, alejada de los estereotipos que dominaban los escenarios de la época.

Le dijeron que no tenía el aspecto necesario, le dijeron que su voz era demasiado melódica, pero siguió adelante. La cumbia también podía contar historias

Gilda no sólo cantaba canciones: comenzó a escribirlas y a contar, desde la música tropical, historias de mujeres que tomaban decisiones sobre sus propias vidas.

En “Fuiste” y “La puerta”, sus letras hablaban de alejarse de relaciones que hacían daño y de poner límites frente a quienes no aceptaban un “no”.

Era una mirada diferente para aquellos años. En sus presentaciones, además de cantar, hablaba con las mujeres que la seguían y las alentaba a no permitir situaciones que las lastimaran.

Su mensaje encontraba un público que se reconocía en ella y Gilda entendió algo fundamental: no necesitaba parecerse a nadie para conquistar un escenario.

El éxito llegó, pero el tiempo fue demasiado corto. Entre 1992 y 1995 editó cuatro discos. “Corazón valiente”, publicado en 1995, significó un salto enorme y obtuvo disco de oro y doble platino.

La agenda comenzó a multiplicarse. La banda podía llegar a realizar hasta quince bailes por semana y, en una oportunidad, llegó a ofrecer 34 shows en apenas tres noches.

Gilda cantaba hasta el último autógrafo. Si había poca gente, actuaba como si estuviera frente a un estadio lleno.

Ese contacto con el público se convirtió en una de sus principales características. Sin embargo, el éxito todavía no significaba estabilidad económica. Las giras eran agotadoras y su cuerpo comenzaba a sentirlas. Dolores, alergias y heridas en los pies convivían con una rutina que parecía no tener descanso.

Gilda continuaba había encontrado finalmente el camino que había buscado durante años.

La última gira

El 7 de septiembre de 1996 había sido, como tantas otras jornadas, un día de música. Horas antes del accidente, Gilda se presentó en los estudios del canal América. Vestida de blanco, cantó “Fuiste” y “Paisaje”.

Después volvió a subir al micro, esta vez viajaban también su madre, Isabel “Tita” Scioli, y sus hijos, Mariel y Fabricio. El destino era Chajarí, Entre Ríos, donde la esperaba una nueva presentación.

Cerca de las siete de la tarde, en el kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12, un camión cruzó de carril y chocó de frente contra el micro. Murieron Gilda, su madre, su hija Mariel, el chofer Elvio Mazzucco y tres músicos de la banda: Enrique “Quique” Tolosa, Gustavo Balbini y Raúl Larrosa. Fabricio, que tenía ocho años, sobrevivió.

La noticia que aquella noche apenas ocupaba un pequeño espacio en un diario comenzó, desde entonces, a crecer hasta convertirse en una historia que todavía conmueve.

“No es mi despedida”

gilda santiario
gilda santuario

Después de su muerte apareció una canción que terminaría alimentando todavía más el mito: “No es mi despedida”.

La letra hablaba de una partida y de la imposibilidad de decir adiós. Con el tiempo, muchos seguidores comenzaron a interpretarla como una suerte de despedida anticipada.

La historia de cómo fue encontrada la grabación también quedó rodeada de versiones contradictorias. El representante de Gilda sostuvo que había encontrado un casete con una maqueta de la canción después del accidente. Toti Giménez y músicos sobrevivientes rechazaron esa versión y señalaron que la grabación ya estaba bajo resguardo en Buenos Aires.

Más allá del misterio, la canción encontró otra vida y  cada vez que vuelve a sonar, parece decir aquello que el tiempo no consiguió borrar: Gilda todavía está.

Una canción, una voz, una memoria

En el kilómetro 129 de la Ruta 12 existe hoy un santuario al que llegan seguidores y curiosos. Allí nació también otra dimensión de su historia, algunos fanáticos comenzaron a atribuirle poderes curativos. Gilda, mientras estuvo viva, rechazaba esas creencias y sostenía que las enfermedades debían tratarse con medicina.

Pero su público encontró en ella algo que iba más allá de cualquier explicación sobrenatural, encontró consuelo, encontró compañía; encontró una voz que hablaba de amores rotos, de despedidas, de volver a empezar y de animarse a elegir otro camino.

Gilda no sabía que se estaba convirtiendo en eterna, quizás lo más conmovedor de su historia sea que Gilda murió cuando todavía estaba construyendo su carrera.

Tenía proyectos. Tenía hijos. Tenía canciones por escribir. Tenía una casa que soñaba comprar y una vida que todavía quería vivir.

No sabía que “Corazón valiente” sería recordado durante décadas. No sabía que miles de personas seguirían cantando sus canciones. No sabía que su figura trascendería a la cumbia para convertirse en parte de la cultura popular argentina. No sabía que nuevas generaciones descubrirían su música. No sabía que treinta años después seguiríamos hablando de ella. Pero dejó algo que el tiempo no pudo llevarse. Una voz dulce que se abrió paso donde muchos le dijeron que no podía.

Una mujer que se animó a desafiar los moldes, una artista que convirtió sus propias experiencias en canciones y una obra que sobrevivió a su ausencia.

Gilda murió aquella noche de septiembre de 1996. Pero Miriam Bianchi, la mujer que un día decidió que quería cantar, consiguió algo que muy pocos artistas alcanzan: que su voz siga viviendo cuando ya no está quien la pronuncia.

Treinta años después, cada vez que suena una de sus canciones, la despedida vuelve a quedar suspendida.

Porque Gilda, finalmente, nunca se fue.

 

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