
GILDA, LA VOZ QUE CONVIRTIÓ SU DESPEDIDA EN ETERNIDAD
Fernando Burgos
Hay artistas que alcanzan la fama. Hay otros que, con el paso del tiempo, se convierten en parte de la memoria de un país.
Tres décadas después de aquella noche del 7 de septiembre de 1996, cuando un accidente en la Ruta Nacional 12 terminó con su vida, la voz de Miriam Alejandra Bianchi sigue presente. En una fiesta, en una cancha, en un karaoke, en una reunión familiar o en la intimidad de quien necesita escuchar una canción para atravesar un momento difícil.
Gilda murió a los 34 años, cuando apenas llevaba seis años de carrera artística. No llegó a conocer la dimensión que alcanzaría su obra. No supo que canciones como “Fuiste”, “Paisaje”, “Ámame suavecito”, “La puerta” y “No es mi despedida” terminarían formando parte del imaginario colectivo argentino.
Su muerte la convirtió en mito, pero fue su música la que hizo que ese mito perdurara.
Una mujer que se animó a cambiar de vida.
A los 16 años comenzó a trabajar después de que su padre sufriera dos accidentes cerebrovasculares. La música parecía entonces un sueño demasiado lejano.
Pero el sueño permaneció y en 1990, un aviso clasificado que buscaba vocalistas para una banda tropical cambió su vida. Miriam se presentó a una audición pese a las resistencias de su entorno y allí conoció a Juan Carlos “Toti” Giménez.

Ella también estaba convencida y adoptó el nombre artístico Gilda, inspirado en el personaje interpretado por Rita Hayworth, y comenzó un camino que no sería sencillo.
La movida tropical tenía modelos muy definidos para sus cantantes mujeres. Gilda no encajaba en ellos. Era morocha, delgada, de apariencia sencilla y tenía una voz dulce, alejada de los estereotipos que dominaban los escenarios de la época.
Le dijeron que no tenía el aspecto necesario, le dijeron que su voz era demasiado melódica, pero siguió adelante.
Gilda no sólo cantaba canciones: comenzó a escribirlas y a contar, desde la música tropical, historias de mujeres que tomaban decisiones sobre sus propias vidas.
En “Fuiste” y “La puerta”, sus letras hablaban de alejarse de relaciones que hacían daño y de poner límites frente a quienes no aceptaban un “no”.
Era una mirada diferente para aquellos años.
Su mensaje encontraba un público que se reconocía en ella y Gilda entendió algo fundamental: no necesitaba parecerse a nadie para conquistar un escenario.
El éxito llegó, pero el tiempo fue demasiado corto.
La agenda comenzó a multiplicarse.
Gilda cantaba hasta el último autógrafo. Si había poca gente, actuaba como si estuviera frente a un estadio lleno.
Ese contacto con el público se convirtió en una de sus principales características.
Gilda continuaba había encontrado finalmente el camino que había buscado durante años.
La última gira
El 7 de septiembre de 1996 había sido, como tantas otras jornadas, un día de música.
Después volvió a subir al micro, esta vez viajaban también su madre, Isabel “Tita” Scioli, y sus hijos, Mariel y Fabricio.
Cerca de las siete de la tarde, en el kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12, un camión cruzó de carril y chocó de frente contra el micro.
La noticia que aquella noche apenas ocupaba un pequeño espacio en un diario comenzó, desde entonces, a crecer hasta convertirse en una historia que todavía conmueve.
“No es mi despedida”

Después de su muerte apareció una canción que terminaría alimentando todavía más el mito: “No es mi despedida”.
La letra hablaba de una partida y de la imposibilidad de decir adiós. Con el tiempo, muchos seguidores comenzaron a interpretarla como una suerte de despedida anticipada.
La historia de cómo fue encontrada la grabación también quedó rodeada de versiones contradictorias. El representante de Gilda sostuvo que había encontrado un casete con una maqueta de la canción después del accidente. Toti Giménez y músicos sobrevivientes rechazaron esa versión y señalaron que la grabación ya estaba bajo resguardo en Buenos Aires.
Más allá del misterio, la canción encontró otra vida y cada vez que vuelve a sonar, parece decir aquello que el tiempo no consiguió borrar: Gilda todavía está.
Una canción, una voz, una memoria
En el kilómetro 129 de la Ruta 12 existe hoy un santuario al que llegan seguidores y curiosos.
Pero su público encontró en ella algo que iba más allá de cualquier explicación sobrenatural, encontró consuelo, encontró compañía; encontró una voz que hablaba de amores rotos, de despedidas, de volver a empezar y de animarse a elegir otro camino.
Gilda no sabía que se estaba convirtiendo en eterna, quizás lo más conmovedor de su historia sea que Gilda murió cuando todavía estaba construyendo su carrera.
Tenía proyectos. Tenía hijos. Tenía canciones por escribir. Tenía una casa que soñaba comprar y una vida que todavía quería vivir.
No sabía que “Corazón valiente” sería recordado durante décadas.
Una mujer que se animó a desafiar los moldes, una artista que convirtió sus propias experiencias en canciones y una obra que sobrevivió a su ausencia.
Gilda murió aquella noche de septiembre de 1996. Pero Miriam Bianchi, la mujer que un día decidió que quería cantar, consiguió algo que muy pocos artistas alcanzan: que su voz siga viviendo cuando ya no está quien la pronuncia.
Treinta años después, cada vez que suena una de sus canciones, la despedida vuelve a quedar suspendida.
Porque Gilda, finalmente, nunca se fue.


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