VIRGEN DE PUNTA CORRAL, POR SEGUNDO AÑO NO SE PODRÁ VISITAR EL SANTUARIO

En Tumbaya y Tilcara este fin de semana, Domingo de Ramos, veneran a la Virgen de Copacabana de Punta Corral, la “Mamita del Cerro”. Este es el segundo año consecutivo que los fieles no pueden subir al Santuario, debido a la pandemia del Coronavirus.
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Tanto el santuario como el oratorio van a estar cerrados este año, razón por la cual se montarán importantes operativos durante este fin de semana, para evitar la aglomeración de gente tanto en la Iglesia como en los pueblos de Tumbaya y Tilcara.

“Vamos a evitar que la gente ascienda por los cuatro caminos: Tumbaya, Tunalito, Tilcara y Maimará. Sólo podrán circular las personas que vivan en dichos lugares mostrando el DNI y dialogando con los agentes”, explicó el ministro de Seguridad de la provincia.

 La “Mamita del Cerro”

En toda la quebrada y gran parte de la puna existe una enorme devoción a la Virgen de Punta Corral. A mediados de Semana Santa, el lejano lugar se viste de fiesta. La soledad de los cerros se llena de fieles y devotos, que acuden al santuario de la Virgen de Copacabana para bajarla hacia la quebrada. El descenso es largo y penoso: ocho horas caminando a través de los cerros. Algunos, en actitud penitencial, hacen el recorrido con los pies descalzos y entonando canticos y oraciones. La mayoría baja silenciosamente.

¿Cuál es el origen del culto a la Virgen de Punta Corral? Recordemos un poco la leyenda. Hacia 1835, el campesino runa Pablo Méndez encuentra en un lugarcito, a siete horas de Tumbaya, una piedra semejante a la imagen de una virgencita.

Al mismo tiempo, vio una luz y escuchó voces que pronunciaban su nombre. Lleva la piedra a su casa, y su familia y vecinos comienzan a rezarle. Piden por un enfermo y sana «milagrosamente». La fama se extiende por los cerros y los campesinos acuden a invocar y venerar la imagen. Así nació el culto a la Virgen de Punta Corral.

La leyenda es hermosa, pero la historia que la sigue esté llena de conflictos y enfrentamientos. Pablo Méndez es encarcelado y su imagen la llevan a la capilla de Tumbaya. El pueblo se indigna contra las autoridades. Días más tarde aparece en el lugar donde fue encontrada; la gente, con gran alegría, organiza una procesión y peregrina hasta Punta Corral.

Comienzan las donaciones y limosnas y se construye una capilla. El «esclavo» Méndez consigue una imagen de la Virgen Copacabana del Brasil y la adosa a la piedra que había encontrado.

Invitan al cura de Tumbaya para celebrar la fiesta y no queda satisfecho de lo allí visto. El obispo de Jujuy prohíbe el culto. Los conflictos entre el pueblo y la jerarquía se acentúan, y el párroco de Tumbaya maldice a1 pueblo:

«Tumbaya la grande, Tumbaya la bella; montes sin árboles, ríos sin peces....»

La maldición surte efecto y Tumbaya entra en decadencia. Su iglesia se convierte en museo. A pesar de todo, el culto a la Virgen de Punta Corral va en aumento. El pueblo se reconcilia con el clero y el nuevo párroco permite que la imagen vuelva a Tumbaya para ser venerada.

Más tarde, el pueblo de Tilcara pide que la Virgen baje también a su iglesia y organizan un «misachico» para recibirla. Años más tarde, el párroco encarga una copia de la imagen para venerarla en el pueblo.

El «esclavo» hace una réplica de la Virgen de Punta Corral. ¿Cuál es la auténtica de las tres que hoy se veneran? Los fieles y devotos no se plantean esta pregunta ni conocen bien la leyenda ni la historia. El pueblo sólo quiere cumplir sus promesas y peregrinar cada año al santuario para acompañar a la Virgen en su descenso hasta la Quebrada. El «esclavo» y los promesantes de cada año se esmeran para que la fiesta resulte solemne y espléndida. Así los peregrinos quedaran contentos y volverán felices a sus pagos.

Bibliografía: “Puna, zafra y socavón” de Jesús Olmedo

 

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