
MESSI SE VA DE LA SELECCIÓN Y DEJA UN VACÍO QUE SERÁ IMPOSIBLE LLENAR
Fernando Burgos
El Monumental estaba lleno y, desde mucho antes de que comenzara el partido, se percibía que no era una noche más. Había una emoción distinta en las tribunas. La gente había ido a ver jugar a Messi, pero sobre todo había ido a despedirlo. Había chicos que seguramente no recuerdan una Selección sin él y había adultos que lo acompañaron desde aquel comienzo, cuando todavía era ese pibe rosarino que llegaba con una enorme ilusión y con una camiseta que, con el tiempo, terminaría convirtiéndose en su segunda piel.
Cuando Messi llegó al estadio y las cámaras mostraron sus lágrimas, fue imposible no emocionarse. No estaba llegando simplemente a jugar un amistoso contra Benín. Estaba entrando por última vez a ese escenario que tantas veces lo recibió, después de haber vivido con la Selección momentos que alcanzan para llenar varias vidas: las derrotas que parecían condenarlo, las críticas que muchas veces fueron injustas, la decisión de alejarse, el regreso, las Copas América, la noche de Wembley, la gloria de Qatar y esa imagen que todavía emociona cada vez que vuelve a aparecer, con él levantando la Copa del Mundo.
Después salió a la cancha con sus hijos, miró al cielo y escuchó el himno. Y ahí fue cuando, al menos desde donde yo lo estaba mirando, quedó claro que tampoco para él era sencillo. Messi, que tantas veces soportó estadios enteros en contra y que aprendió a convivir con una presión que muy pocos futbolistas podrían soportar, esta vez tenía enfrente algo mucho más difícil: despedirse de la camiseta que más quiso.
No pudo cantar el himno. Tenía un nudo en la garganta. Y creo que muchos de nosotros tuvimos el mismo nudo frente al televisor.

Porque durante años nos acostumbramos a que Messi estuviera. Esa es quizás la parte más difícil de aceptar. Cada vez que Argentina jugaba, buscábamos el número 10 casi de manera automática. Esperábamos una gambeta, una asistencia, un tiro libre, un pase imposible o simplemente esa sensación de que mientras Messi estuviera en la cancha todavía podía pasar algo, pero ahora sabemos que eso ya no va a suceder con la camiseta argentina.
El partido contra Benín terminó 3-0 y Messi tuvo la despedida que merecía dentro de la cancha. Nicolás Otamendi, otro histórico que también cerró su ciclo con la Selección, abrió el marcador; Nico Paz el que se cree será el sucesor del gran ídolo, convirtió el segundo y el capitán marcó el tercero de penal. Fue su gol número 126 con Argentina, una cifra impresionante que se suma a sus 208 partidos y 70 asistencias.
Pero esta noche los números quedaron en un segundo plano. Porque ¿cómo se puede medir lo que significó Messi para la Selección con una estadística? ¿Cómo se calcula lo que sintió un chico que empezó a jugar al fútbol mirándolo a él? ¿Cómo se explica lo que pasó en millones de hogares cuando Argentina finalmente ganó el Mundial? ¿Cómo se mide la emoción de aquella noche en Qatar, cuando Messi levantó la copa que durante tantos años parecía negársele?
Hay cosas que el fútbol no puede poner en una planilla y Messi dejó muchas de esas cosas.
Tuvo que irse de Rosario, separarse de su familia siendo muy chico, enfrentar un tratamiento por su déficit de hormona de crecimiento y empezar una vida completamente diferente en Barcelona. Después tuvo que soportar una Selección que durante años no consiguió títulos y que, en buena parte de esos momentos, encontró en él al principal responsable de las frustraciones.
Lo vimos perder finales y lo vimos llorar, lo vimos anunciar que se iba y también lo vimos volver.
Hoy puede mirar hacia atrás y saber que no dejó nada pendiente. Se va campeón de América, campeón del mundo y como uno de los futbolistas más importantes de toda la historia del fútbol. Pero, para quienes lo vimos con la camiseta argentina durante tantos años, su legado tiene algo todavía más profundo: nos devolvió la ilusión de disfrutar de la Selección sin tener que explicar por qué.
Esta noche lo vi llorar y también me emocioné. No solamente por Messi, sino por todo lo que representa despedir a alguien que estuvo presente durante una parte enorme de nuestras vidas. Mientras él caminaba por la cancha, aparecieron recuerdos de otros tiempos, de otros equipos, de otros Mundiales. Uno empieza a recordar dónde estaba cuando Messi hizo determinado gol, con quién vio determinado partido, qué estaba haciendo aquella noche de Qatar.

Eso es lo que significa un ídolo de verdad. Deja de pertenecer solamente al deporte y empieza a formar parte de la memoria de la gente. Messi ya forma parte de la nuestra.
Después del partido tomó el micrófono y habló frente a más de 80 mil personas. Dijo que había sido un orgullo defender la camiseta durante más de veinte años, que le gustaría seguir viniendo toda la vida y que jugar para la Selección era lo más lindo que le podía haber pasado.
También dijo que era el día más triste de su carrera y que iba a extrañar defender los colores argentinos. Creo que ahí estuvo la verdadera dimensión de la despedida.
No se estaba despidiendo solamente el jugador más importante de la Selección en las últimas dos décadas. Se estaba despidiendo un hombre que hizo de esa camiseta una parte fundamental de su vida y nosotros también vamos a extrañarlo.
Vamos a extrañar verlo salir al campo con la cinta de capitán, vamos a extrañar esa espera antes de cada tiro libre, esa costumbre de buscarlo cuando Argentina necesitaba una solución y hasta esa tranquilidad que nos daba saber que él estaba ahí. Habrá nuevos jugadores, aparecerán nuevas figuras y seguramente algún día volveremos a enamorarnos de otra generación de futbolistas, pero será imposible borrar lo que significó esta.
Porque Messi no solamente ganó partidos y campeonatos. Nos acompañó durante una parte de nuestras vidas y por eso esta despedida duele tanto.
Como periodista, me toca contar muchas veces historias de futbolistas que llegan, juegan y se van. Esta es diferente. Escribir sobre Messi dejando la Selección implica despedir a alguien que, de alguna manera, también estuvo presente en nuestras propias historias. Mientras él construía su carrera, nosotros también fuimos creciendo, formando familias, cambiando de trabajo, perdiendo seres queridos, viendo crecer a nuestros hijos. Y en medio de todo eso, había una constante: cuando jugaba Argentina, Messi estaba ahí. Esta noche ya no y seguramente nos cueste acostumbrarnos.
Pero también hay una enorme tranquilidad en su despedida. Messi se va después de haber conseguido lo que durante tantos años buscó. Se va sabiendo que entregó todo lo que tenía por esa camiseta y que, cuando llegó el momento de elegir entre quedarse con el dolor o volver a intentarlo, eligió volver. Eso es lo que quiero recordar.
No solamente al Messi que hacía goles imposibles, sino al hombre que siguió intentando cuando ya parecía que no tenía nada más que demostrar.
Y esta noche, mientras lo veía despedirse, pensé que tuvimos una suerte enorme, tuvimos la suerte de verlo, de discutirlo, de admirarlo, de sufrir con él y de festejar con él. Tuvimos la suerte de vivir una época en la que un jugador como Messi decidió jugar para Argentina y no abandonar ese sueño a pesar de todo lo que tuvo que soportar.
Por eso, aunque duela verlo irse, siento que la despedida tiene que ser con una sonrisa, porque esta vez no se va aquel Messi que perdió una final y quedó mirando al piso. Se va el Messi que levantó la Copa del Mundo, se va el capitán que cumplió el sueño que compartíamos millones de argentinos.
Y mientras escribo estas últimas líneas, todavía tengo en la cabeza el ruido del Monumental, los ojos llorosos de Messi y esa gente que no quería dejarlo ir.
Y también estuvimos esta noche sentado desde un sillón a lo lejos, a cientos de kilómetros emocionados cuando por última vez salió a una cancha con la camiseta argentina.
Gracias, Leo. Por todo lo que nos diste y, sobre todo, por no haber dejado nunca de querer jugar para Argentina.
La Selección seguirá su camino. Nosotros también, pero durante mucho tiempo, cuando escuchemos el himno y aparezca la camiseta número 10, vamos a mirar hacia la cancha por costumbre, esperando encontrarlo.
Y seguramente, por un instante, vamos a sentir que todavía está ahí.


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