
A un año sin su sonrisa: FRANCISCO, EL PASTOR QUE INCENDIO LA PIEDAD DEL MUNDO.
Fernando Burgos
Quienes lo vieron besar los pies de los refugiados en Lampedusa, o arrodillarse en la celda de un joven pandillero en la cárcel de Palmasola, saben que no asistíamos a una coreografía. Era la encarnación cruda del Evangelio: un pontífice que olía a oveja porque vivía entre ellas. Su legado no está en documentos teológicos rebuscados, sino en gestos que desnudaron a una Iglesia demasiado a veces cómoda.
El profeta de los descartados
Cuando Jorge Mario Bergoglio eligió llamarse Francisco, nadie imaginó que aquel jesuita argentino transformaría el papado en una milicia de ternura. Abrió las puertas del Vaticano a los sin techo, lavó los pies a mujeres musulmanas en prisión y llamó “hermanos” a los inmigrantes ahogados en el Mediterráneo. Su crítica al “clericalismo mundano” y a la “cultura del descarte” fue un aldabonazo en una institución milenaria. Pero él no predicaba desde la cátedra: lo hacía desde el barro.
La humildad como revolución
Renunció al apartamento papal, viajó en coches modestos y, cuando le preguntaron por qué no usaba el anillo del pescador, respondió: “No necesito joyas para recordar que soy un pastor herido”. Su encíclica Fratelli Tutti no solo llamaba a la fraternidad universal, sino que denunciaba los muros, las fronteras que matan y un capitalismo que “asedia el alma”. Para los poderosos, fue incómodo; para los humildes, un bálsamo.
Ese último suspiro en Casa Santa Marta
Murió como vivió: sin estridencias, rodeado de enfermos a los que seguía visitando incluso con sus problemas de rodilla. La madrugada del 21 de abril de 2025, tras pedir un “café bien cargado” y rezar el Ángelus en voz baja, su corazón dejó de latir. El parte médico habló de una insuficiencia respiratoria. Pero quienes lo velaron dicen que se fue sonriendo, como quien ha cumplido la misión de “hacer lío” en nombre del amor.
Un año después: ¿dónde está su legado?
Hoy, las heridas de la Iglesia no han cicatrizado. Los conservadores aún le reprochan su apertura a los divorciados vueltos a casar; los progresistas lamentan que no haya ido más lejos en el rol de la mujer. Pero Francisco sembró algo imborrable: la certeza de que la santidad no está en el mármol, sino en el barro. Sus cartas siguen leyéndose en villas miseria, sus homilías se corean en comunidades LGTB+ y sus denuncias ecológicas resuenan cada vez que arde un pulmón del planeta.
Quizás por eso, al cumplirse un año de su partida, miles peregrinan hoy a su tumba —en Santa María la Mayor, no en San Pedro, como él pidió—. No llevan flores costosas. Llevan pan, mantas y fotos de hijos que sobrevivieron gracias a sus comedores populares. Porque Francisco no nos enseñó a llorarlo, sino a imitarlo.
Y ahí, en ese pequeño gesto de compartir el plato de sopa, su legado sigue ardiendo. Como aquel fuego que encendió en una pausada tarde de marzo de 2013, cuando dijo: “Cómo quisiera una Iglesia pobre, para los pobres”. Un año sin él, pero con él. Para siempre.
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“La verdadera fuerza no está en los que mandan, sino en los que sirven” — Papa Francisco, 17 de junio de 2018.


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