
CORAZÓN, GARRA Y POLÉMICA: BOCA SE LLEVÓ UN SUPERCLÁSICO DE TRANSPIRACIÓN Y LLANTO
El Expreso de Jujuy
El Superclásico del fútbol argentino nunca fue un simple compromiso de fixture, es una batalla cultural donde cada pelota parada se sufre como un calvario y cada pitazo del árbitro retumba en los rincones de todo un país.
Esta vez, en una Bombonera ensordecedora, Boca se quedó con el botín tras vencer por 1-0 a un River que tuvo que ponerse el overol de la resistencia y pelear contra la corriente casi desde el vestuario.
El cronómetro apenas marcaba ocho minutos cuando el estadio contuvo la respiración. Miguel Merentiel encaraba hacia el área y Lucas Martínez Quarta atinó a sujetarlo. Nicolás Ramírez no vio falta en primera instancia, pero el llamado del VAR encendió la mecha.
Tras la revisión en la cabina, el juez sacó la tarjeta roja por un supuesto "último recurso" que alimentará los debates de café durante toda la semana. Merentiel no tenía la pelota domada ni la jugada perfilada con claridad hacia el arco de Santiago Beltrán. Error de apreciación o no, la sentencia dejó al Millonario herido de muerte y obligó a Leonardo Ponzio a mover las piezas de urgencia.

Con un hombre más en cancha y el aliento incesante de su gente, el equipo conducido por Rodolfo Arruabarrena olió la sangre y pegó en el momento justo. A los 26 minutos, Sebastián Villa ejecutó un tiro de esquina quirúrgico desde la derecha y Lautaro Di Lollo impactó un frentazo violento, imponiéndose a la marca del recién ingresado Lautaro Rivero. La red se infló y La Boca explotó en un solo grito sagrado.
El resto de la tarde fue un testamento del folclore criollo. River apeló al orgullo, adelantó sus líneas con la zurda de Lautaro Pereyra y peleó cada choque como si fuera el último. La polémica volvió a sobrevolar cuando Leandro Paredes, ya amonestado tras un áspero cruce con Marcos Acuña, cometió una dura falta sobre Tomás Galván que todo Núñez reclamó como segunda amarilla.
Sin embargo, el golpe de gracia para la visita llegó en el complemento: una fuerte entrada de Gonzalo Montiel sobre Lautaro Blanco terminó en una nueva expulsión directa, dejando al equipo visitante con nueve soldados sobre el césped.
Los minutos finales se consumieron entre el festejo contenido de La Bombonera y la impotencia de un River golpeado. Con este 1-0, Boca no solo selló su clasificación a la próxima Copa Libertadores, sino que recuperó la cima de la Tabla Anual con 60 puntos y quedó a un paso del título en la recta final del torneo. Para la banda roja, en cambio, la derrota duele por partida doble: quedó relegado en la tabla y masticando bronca por un arbitraje que dejó secuelas.
Ganó Boca en su templo. Pero, por encima de todo, volvió a ganar la pasión desmedida de nuestro fútbol: ese drama interminable donde la gloria y el desconsuelo caminan siempre de la mano.
El fantasma de la polémica

El cronómetro apenas marcaba ocho minutos cuando el estadio contuvo la respiración y el partido cambió para siempre. Miguel Merentiel se escapaba en velocidad y Lucas Martínez Quarta atinó a sujetarlo. En un principio, el árbitro Nicolás Ramírez dejó seguir la jugada sin sancionar infracción, pero el llamado urgente de Silvio Trucco desde el VAR abrió la caja de Pandora. Tras ver la repetición en la pantalla, el juez principal decretó la tarjeta roja para el defensor millonario por considerar que interrumpió una ocasión manifiesta de gol (DOGSO).
La decisión encendió la mecha de la controversia y alimentará los debates de café durante toda la semana. El análisis fino de la jugada demuestra que el fallo fue tan apresurado como discutible: la Regla 12 establece que, para configurar una ocasión clara, el delantero debe tener la posesión absoluta o una posibilidad inminente de controlar el balón, algo que Merentiel aún no poseía con la distancia y la perfilación adecuadas. La falta existió, sin dudas, pero correspondía a una intervención táctica castigada con amarilla para cortar un ataque prometedor y no a una expulsión directa que condicionó el trámite de todo el encuentro.
Para colmo, la mancha negra se agiganta al repasar el prontuario del zaguero: esta fue la quinta expulsión de Martínez Quarta con la camiseta de River (sumando antecedentes en el plano local e internacional), un lastre disciplinario que dejó a los de Núñez con diez hombres en el amanecer del partido y obligó a Leonardo Ponzio a mover el tablero de urgencia, mandando a la cancha a Lautaro Rivero para reordenar la defensa. Además, quedó inscripta en los libros como la segunda expulsión más temprana en la historia de los Superclásicos, igualando aquella recordada roja a Reinaldo Merlo en Brandsen 805.


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