
Se va Messi: EL ÚLTIMO ADIÓS DEL HOMBRE QUE HIZO FELIZ A UN PAÍS ENTERO
Fernando Burgos
Hay momentos en los que el fútbol se detiene.
No porque se haya terminado un partido. No porque haya sonado el pitazo final. Se detiene porque una historia demasiado grande llega a su última página.
Lionel Messi anunció que se retira de la Selección argentina.
Y de pronto, millones de argentinos volvieron a recorrer veinte años de recuerdos.
El chico de Rosario.
El debut con la camiseta celeste y blanca.
Las carreras imposibles.
Los goles que desafiaron la lógica.
Las finales perdidas.
Las lágrimas.
Las críticas.
El dolor de sentirse tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos.
Y después, finalmente, la gloria.
La Copa América.
La Finalissima.
La Copa del Mundo.
Todo.
Messi ganó todo.
Y ahora decidió decir adiós.
“Después de este tiempo que pasó desde la final, pensándolo mucho, quiero comunicarles a todos que me retiro de la Selección”, escribió el capitán en un mensaje que conmovió al fútbol argentino y al mundo entero.
No fue una despedida fría. No podía serlo.
Fue la carta de un hombre que dejó una parte de su vida dentro de cada cancha donde defendió la camiseta argentina.
“Fue una decisión que dolió y duele en el alma, pero entiendo que es el momento. Les juro que siempre dejé todo”, confesó.
Y nadie podría discutirlo.
Porque Messi dejó todo.
Incluso cuando parecía que nada alcanzaba.
El camino del héroe
Durante años, la historia de Messi con la Selección estuvo escrita entre la genialidad y la frustración.
Era el mejor del mundo, pero la gran conquista con Argentina parecía escaparse una y otra vez.
Llegaron las finales perdidas. Llegaron las preguntas. Llegaron las comparaciones imposibles.
¿Por qué no podía ganar con la Selección?
¿Por qué no aparecía el milagro?
¿Por qué el fútbol parecía negarle aquello que todos sabían que merecía?
Messi escuchó demasiado.
Pero siguió.
Siguió después del Mundial.
Siguió después de las Copas América.
Siguió cuando muchos creyeron que su historia con la camiseta argentina había terminado.
Incluso volvió después de haber dicho que no podía más.
Y esa es, quizás, una de las partes más extraordinarias de su leyenda.
No se rindió.
El mejor jugador del planeta tuvo que aprender a perder para convertirse en campeón.
Tuvo que atravesar el desierto para llegar a la cima.
Y cuando finalmente llegó, no se detuvo.
Condujo a una generación entera hacia una sucesión de conquistas que parecía imposible.
La Selección volvió a ser campeona.
Y Messi, finalmente, pudo levantar la copa que había perseguido durante toda su vida.
La imagen quedó grabada para siempre.
El número 10.
La cinta de capitán.
La Copa del Mundo entre sus manos.
Y un país entero llorando.
“Me vacié, ya no tengo más para dar”
A los 39 años, Messi entendió que había llegado el momento.
El cuerpo, el paso del tiempo y el recambio generacional terminaron de inclinar una decisión que, según reveló, le dolió profundamente.
“Queda poco y se van cerrando etapas. Amo, amé y amaré siempre estar en la Selección. Me vacié, ya no tengo más para dar y aparte vienen chicos muy grandes atrás que merecen estar”.
La frase golpea porque Messi nunca fue solamente un futbolista dentro de la Selección.
Fue refugio en las derrotas.
Fue esperanza en los momentos difíciles.
Fue la certeza de que mientras él estuviera en la cancha, algo extraordinario podía suceder.
Y sucedió.
Una y otra vez.
Durante dos décadas, los argentinos aprendieron a esperar que Messi hiciera lo imposible.
Que apareciera cuando nadie más podía.
Que encontrara un pase donde no había espacio.
Que llevara la pelota pegada al pie como si el fútbol hubiera sido inventado para él.
Ahora, esa espera termina.
El 10 ya no volverá a salir al campo con la camiseta argentina.
De capitán a hincha
En su despedida, Messi también habló con quienes lo acompañaron durante todo el camino.
Con la gente.
Con ese pueblo que primero lo discutió, después lo defendió y finalmente lo abrazó como a uno de los grandes símbolos de la historia nacional.
“Gracias por todo el cariño de estos 20 años. Voy a extrañar mucho escucharlos desde adentro. Ahora voy a ser uno más de ustedes, alentando y bancando siempre desde afuera”.
La imagen resulta difícil de imaginar.
Lionel Messi, campeón del mundo, ganador de todo, capitán de la Selección más exitosa de las últimas décadas, sentado frente a un televisor alentando como un hincha más.
Pero quizás ahí también esté la esencia de su despedida.
Messi nunca dejará de ser parte de la Selección.
Porque la Selección que él ayudó a construir seguirá jugando con una parte de su historia sobre los hombros.
El hombre que cambió la historia
Messi no se retira solamente con títulos.
Se va con algo mucho más difícil de conseguir.
Se va convertido en memoria.
En una generación que podrá decir que lo vio jugar.
En los chicos que crecieron imitando sus goles.
En los padres que lloraron abrazados a sus hijos.
En las plazas repletas.
En las madrugadas sin dormir.
En cada camiseta con el número 10.
Su historia no se puede medir solamente en goles, asistencias, récords o trofeos.
Su mayor obra fue otra.
Volvió a hacer creer a la Argentina.
“Me voy con la tranquilidad y el orgullo de haberles regalado, junto con mis compañeros, momentos soñados. Fue una locura haberlo vivido con ustedes”, escribió.
Y tiene razón.
Fue una locura.
Una historia demasiado grande para explicarla en números.
Porque Messi no le regaló solamente títulos a un país.
Le regaló revancha.
Le regaló lágrimas de felicidad después de tantos años de espera.
Le regaló el Mundial.
Le regaló una imagen eterna.
Y, sobre todo, le regaló a millones de argentinos la posibilidad de ser felices al mismo tiempo.
Ahora se va.
Se termina el tiempo de esperar al 10.
Se termina el ritual de verlo caminar hacia la cancha con la mirada baja, la cinta en el brazo y una pelota que parecía obedecerle como a nadie.
Se termina una era.
Pero las leyendas no se retiran.
Las leyendas permanecen.
Y Lionel Messi permanecerá cada vez que alguien recuerde una noche de gloria, un gol imposible o aquella imagen definitiva de un hombre levantando la Copa del Mundo.
Después de veinte años, el capitán deja la camiseta.
El fútbol argentino pierde a su mejor jugador.
Pero gana algo que será eterno.
Una leyenda.
Y mientras el mundo del fútbol intenta aceptar que ya no volverá a verlo con la celeste y blanca, queda una sola frase capaz de resumir una historia que hizo llorar, sufrir y celebrar a todo un país.
Gracias, Leo. Gracias por tanto. Y gracias, sobre todo, por habernos hecho creer que los sueños también podían hacerse realidad.


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