
Viernes Santo: ACOMPAÑAR AL CRISTO SUFRIENTE CON DOLOR Y SILENCIO
Fernando BurgosPara estos pueblos, el Viernes Santo es el día del silencio absoluto. No hay música, no hay fiesta. La tierra misma parece detenerse. Las campanas de las iglesias coloniales enmudecen y son reemplazadas por matracas y sonajas de madera, cuyo eco áspero recuerda el dolor y la ausencia.
El significado central es el acompañamiento al Cristo sufriente. Pero aquí, ese sufrimiento resuena con el propio sufrimiento histórico de los pueblos originarios y mestizos: la sequía, la pobreza, el abandono. Cristo crucificado en el cerro es también el campesino que sufre en la puna.
La devoción se expresa con el cuerpo y la tierra:
· Las procesiones del Santo Sepulcro: Recorren calles empedradas y cuestas empinadas, con imágenes vestidas de luto, entre sahumerios de ruda y copal.
· El Viacrucis viviente: En localidades como Uquía, Tilcara o Purmamarca, los fieles representan las estaciones con una crudeza que estremece. El peso de la cruz es real, el polvo del camino es real.
· Las promesas: Muchos caminan descalzos o cargando piedras, cumpliendo mandas por favores recibidos o enfermedades sanadas. La fe se hace penitencia tangible.
Cómo se vive esta jornada
El día comienza antes del alba. Las familias se visten de riguroso luto, aunque no de negro absoluto sino con tonos morados y ocres. Se ayuna hasta el mediodía, y no se come carne roja. Es típico el "plato pobre": habas, choclo, sopa de quinoa o pescado seco.
A media mañana, la comunidad entera acompaña la procesión del Encuentro: la Virgen Dolorosa sale al encuentro de Cristo camino al Calvario. El momento más conmovedor es cuando las dos imágenes se cruzan: hay llanto, cánticos en quechua o aymara, y bendición con incienso.
Por la tarde, el silencio es total. No se trabaja la tierra porque "la Pachamama está de luto". Los cerros parecen guardar un respeto sagrado. Las casas mantienen las puertas entreabiertas, con velas encendidas y ramas de lampaya bendecida.
Al caer la noche, la procesión del Santo Sepulcro recorre el pueblo con antorchas. Es la hora más íntima: las lágrimas son libres, los susurros de oración suben con el humo del incienso. El pueblo entero vela al Cristo muerto hasta la madrugada del Sábado de Gloria.
Una fe que resiste
Lo más profundo de esta jornada es que, en medio del dolor, no hay desesperanza. El Viernes Santo en la Quebrada se vive con una certeza arraigada: después del silencio viene el canto, después de la muerte, la vida. Esa convicción no es ingenua; nace de siglos de resistencia cultural y espiritual.
Los pueblos del Norte Jujeño no solo conmemoran la muerte de Jesús: la hacen carne en su propia historia de pasión y esperanza. Por eso, al besar la imagen del Cristo yacente, están besando también su propia herida y su propia resurrección posible.


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